domingo, 24 de octubre de 2021

Un Poder Ejecutivo atrofiado como conductor institucional de la crisis nacional

            Argentina se encuentra atravesando una grave crisis social, económica y política. Sin embargo, los representantes y funcionarios políticos no parecen encontrar la solución. La ciudadanía reflejó su gran descontento con el gobierno nacional en las pasadas elecciones PASO, ya sea votando a la oposición, ya sea absteniéndose de acudir a los comicios.

La clase política en su conjunto parece encontrarse en una situación lejanía frente al pueblo. Además, tampoco parece buscar el diálogo y consensos entre la propia clase a los fines de establecer puntos mínimos en común que permita construir una salida a la crisis. Es decir, nos encontramos, fundamentalmente, con un gobierno “atrincherado” en su habitación, que sin dudas es el correlato perfecto de una estructura institucional que incentiva a la construcción cotidiana de un Poder Ejecutivo atrofiado en sus funciones.

Tener un Poder Ejecutivo que no busca el diálogo ni la construcción de consensos con la ciudadanía y la oposición es el resultado de una mirada sociológica de la vida en común que pone el acento en la “desconfianza democrática”. Se cree –ya desde la Constitución histórica de 1853- que la deliberación política y la participación de grandes masas de ciudadanos en los asuntos públicos propende al descontrol de las mayorías y a la irracionalidad en la construcción de la res pública.

Y como consecuencia de un Poder Ejecutivo atrofiado y una desconfianza democrática en la ciudadanía, encontramos que las decisiones públicas sobre los grandes desacuerdos sociales (fundamentalmente aquellos que recaen sobre los derechos económicos sociales y culturales, que exigen una mayor participación del Estado en la economía) recaen, en principio, en un solo sujeto (Presidente) y, en última instancia, en un pequeño tribunal que posee las peores credenciales en términos democráticos (Corte Suprema de Justicia de la Nación).

De esta forma, se cierra la “sala de máquinas” del poder político institucional a la ciudadanía, que no encuentra ningún atisbo de salida a la crisis, ni en términos económicos (la desigualdad y la pobreza se encuentra en aumento), ni en términos políticos (la apatía ciudadana frente a los representantes políticos y la discusión política cada vez es mayor).

No nos sorprendamos si, en el corto plazo, el ciudadano común vea con mayor recelo a la democracia y con mayor entusiasmo a derivas autoritarias que planteen salidas rápidas al acuciante problema económico –principalmente la pobreza e indigencia en los sectores trabajadores-, aun cuando ello conlleve un grave deterioro en términos democráticos y republicanos.