Argentina se encuentra atravesando una grave crisis social, económica y política. Sin embargo, los representantes y funcionarios políticos no parecen encontrar la solución. La ciudadanía reflejó su gran descontento con el gobierno nacional en las pasadas elecciones PASO, ya sea votando a la oposición, ya sea absteniéndose de acudir a los comicios.
La clase política en su conjunto parece encontrarse en una situación
lejanía frente al pueblo. Además, tampoco parece buscar el diálogo y consensos
entre la propia clase a los fines de establecer puntos mínimos en común que
permita construir una salida a la crisis. Es decir, nos encontramos,
fundamentalmente, con un gobierno “atrincherado” en su habitación, que sin
dudas es el correlato perfecto de una estructura institucional que incentiva a
la construcción cotidiana de un Poder Ejecutivo atrofiado en sus funciones.
Tener un Poder Ejecutivo que no busca el diálogo ni la construcción de
consensos con la ciudadanía y la oposición es el resultado de una mirada
sociológica de la vida en común que pone el acento en la “desconfianza
democrática”. Se cree –ya desde la Constitución histórica de 1853- que la
deliberación política y la participación de grandes masas de ciudadanos en los
asuntos públicos propende al descontrol de las mayorías y a la irracionalidad
en la construcción de la res pública.
Y como consecuencia de un Poder Ejecutivo atrofiado y una desconfianza
democrática en la ciudadanía, encontramos que las decisiones públicas sobre los
grandes desacuerdos sociales (fundamentalmente aquellos que recaen sobre los
derechos económicos sociales y culturales, que exigen una mayor participación
del Estado en la economía) recaen, en principio, en un solo sujeto (Presidente)
y, en última instancia, en un pequeño tribunal que posee las peores
credenciales en términos democráticos (Corte Suprema de Justicia de la Nación).
De esta forma, se cierra la “sala de máquinas” del poder político
institucional a la ciudadanía, que no encuentra ningún atisbo de salida a la
crisis, ni en términos económicos (la desigualdad y la pobreza se encuentra en
aumento), ni en términos políticos (la apatía ciudadana frente a los
representantes políticos y la discusión política cada vez es mayor).
No nos sorprendamos si, en el corto plazo, el ciudadano común vea con mayor
recelo a la democracia y con mayor entusiasmo a derivas autoritarias que planteen salidas rápidas al acuciante problema económico –principalmente
la pobreza e indigencia en los sectores trabajadores-, aun cuando ello conlleve
un grave deterioro en términos democráticos y republicanos.